Soy Yashvé. Sí, con “sh” y con historia, qué ya te contaré algún día.
Durante años fui contable, muy buena, específicamente la jefa de contabilidad e impuesto de una trasnacional. Aunque, en realidad, hacía de traductora emocional de sistemas que no se entendían entre sí:
El departamento de IT y el contable. La AEAT y la gerencia. Lo legal y lo humano.
Mi especialidad no eran los números, era sostener y traducir lo invisible entre las personas. La investigación sobre inteligencia emocional (Goleman, 1995) y liderazgo resonante (Boyatzis & McKee, 2005) demuestra que quienes mediamos entre lenguajes técnicos y humanos desarrollamos habilidades emocionales de altísimo valor: visión estratégica, empatía, gestión de conflictos, aunque pocas veces se nos reconoce como tal.
Estudios recientes (2022) confirman además que la inteligencia emocional predice significativamente la capacidad de resolver conflictos a través de la empatía.
Un día, en medio del agobio, me vino una imagen: Cuando tenía 15 años, quería ser psicóloga.
Mi padre dijo que eso era “cosa de locos”. También quería ser artista. Mi madre —profesora de arte— me dijo que los artistas se morían de hambre.
Así que hice lo sensato, lo lógico, lo que “da estabilidad”: Me hice contable, como mi padre, eso que juré que no sería. Y lo hice tan bien, que casi se me olvida que no lo elegí.
Volviendo a mi vida de adulta. Un día no pude más, colapsé, me quedé sin respirar en plena jornada laboral: Hospital. Baja laboral. Silencio.
Nunca había ido al psicólogo ni al terapeuta; nunca había “estado mal”… hasta que lo estuve de VERDAD. Los dolores de espalda y el enfermarme continuamente eran señales que ignoré y asumí como normales. La OMS advierte que la mayoría de personas con trastornos de ansiedad no recibe diagnóstico ni tratamiento a tiempo, y que muchas veces los síntomas se reconocen solo cuando ya afectan al cuerpo. (OMS – Anxiety Disorders, 2022)
Es que, a veces, el colapso es la única forma que el cuerpo tiene de pedir espacio. Mi psicóloga de entonces, me alentó a buscar eso que sí quería y, cómo también soy una empollona, decidí hacer un máster. Llegué a una clase de prueba del máster en arteterapía , no sabía muy bien a qué iba.
Estudié mientras seguía en la empresa y aplicaba lo que aprendía en mi equipo: rompíamos facturas (sí, literalmente), las pintábamos con vino (la empresa era vinícola), hacíamos collages con lo que odiábamos y lo que amábamos del trabajo. Convirtiendo la carga en símbolo, y el símbolo, en otra forma de estar. Es que
“hacer algo físico y simbólico con lo que te pasa, te permite procesarlo sin racionalizarlo y está demostrado que eso alivia el sistema nervioso y genera nuevas comprensiones.”
Recuerdo en una época de mi vida, estaba harta de que todos vinieran a pedirme soluciones, me sentía cómo en esos lugares donde hay un cartel que dice: “No hacemos fotocopias”, seguramente están cansados de que les pregunten por ello. Yo no puse el cartel, sino que me compré una fotocopiadora.
Y desde entonces, acompaño a personas que necesitan sacar sus propias copias, a su manera.
Hoy diseño procesos donde la creatividad se usa para pensar, sentir y decidir mejor.
Ayudo a personas que funcionan bien por fuera pero están bloqueadas, cansadas o confusas por dentro, a ordenar lo que sienten y decidir qué hacer.
Uso la creatividad como motor vital, la arteterapia gestáltica para acceder a lo que no sale hablando, y la estructura para que todo eso se vuelva habitable y accionable.
